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La Balanza

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Si de amores tóxicos hablamos, hablemos de la aventura con la balanza.

El que no haya tenido una aventura amorosa con la balanza que se tome el palo…

Me encanta la oportunidad de crear mis propias letras de cumbia en mis Newsletters. Estoy más que segura todos mis lectores han pasado por una etapa de ritualidad satánica con la balanza, es por eso que invito a todos aquellos que no a que se retiren de la sala (aclaro que es broma). Ese cuadradito de plástico en el piso del baño me ha hecho llorar más veces que la película Las Aventuras de Chatrán (mil disculpas con los Millenials que no tiene ni la más pálida idea de lo que estoy hablando). Y entiendo que existe un agrupación de médicos macabros que sólo buscan hacerlo sentir mal a uno cuando te piden que te subas a la balanza. ¿Todavía no entendieron que el IMC – índice de Masa Corporal – es una mentira de laboratorios aún más macabros queriendo vender una droga que te hace adelgazar? Si la idea de usted pesándome, señor médico, es hacerme entrar en los parámetros de ‘peso normal’ de esa tablita, creo que le va a ser más fácil pedirme que me muerda el codo. Si alguien ya lo probó y pudo morderse el codo, que me explique cómo lo hizo. Estar dentro de los parámetros del IMC, no gracias, sé que eso es puro cuento.

Pasé por muchas etapas con la balanza. Etapas de obsesivamente pesarme todos los días, varias veces en la misma jornada. A pesarme sólo por obligación y con mucho miedo cuando estaba en preparación para competencias. A no pesarme, como ahora. Mi peso máximo fue de 86 kilos. Y ya no me interesa ese numerito. Si hoy me subo a la balanza y peso 90, no le daría importancia. Ya me amigué con los números en los talles de la ropa que me compro, y cabe aclarar, aún son una locura en Argentina. Muchos saben que estoy en Brasil y acá soy talle M o G. Me acaba de llegar un shorts de Argentina talle XL y me está aprentando como novio que hace mucho no veía a su novia.

Ese numerito… ese numerito en la balanza, tiene todavía el poder de cambiar todo tu día, toda tu semana y convertirla en ciudad depresivamente gótica. Si el número sube 500 gramos, desencadenás el más terrible de los ataques de odio atuodirigidos hacia tu cuerpo y tu persona. El pánico se apodera de todo tu ser y pensamientos irracionales de total descontrol con la comida te lanzan a la cinta caminadora durante horas en el gimnasio. Si, en cambio, el número es más bajo que el último pesaje adoptás la actitud de ‘todo bien, pero debería haber bajado más’. Lo que también es gatillo para comenzar con la autoflagelación mental y calzarse las zapatillas para ir al gimnasio a quemar todo aquello que aún no quemamos.

Si ya entendiste el punto, nunca llegas a buen puerto con la balanza. Nunca es correcto, nunca es suficiente. El minuto en que sea suficiente, que te peses y obtengas el número que estuviste procurando por mucho tiempo, en ese instante vas a entender lo profundamente cansada, sin energía y con hambre que te sentís. Pero todo sea por esos 5 segundos de gloria, ¿cierto?. Dejame decirte un secreto, cuando alcances tu peso ideal en la balanza, vas a encontrar más frustración que alegría, más enojo por las cosas que todavía no te gustan de tu cuerpo y más excusas para seguir en esta aventura. Entonces, te hago la misma pregunta que le haría a una mujer que regresa con su esposo que la golpea: ¿hasta cuándo vas a estar dispuesta a mantener este romance con el cuadradito diabólico que duerme al lado de tu cama?

En una relación abusiva, el abusador nunca va a cambiar, más allá de cuánto te lo prometa. En el caso de la balanza, es imposible que el planeta Tierra cambie su masa y deje de atraerte con tanta fuerza hacia su superficie. El que tiene que cambiar sos vos y el lugar que le das en tu vida al numerito.

Los números son símbolos que tienen como función representar una idea, simplificarla para su comunicación y entendimiento universal. Estás intentando hacer lo mismo con tu vida cuando lo único que perseguís obsesivamente es llegar a ese peso ideal. Simplificarla. Pero, si te animás, te propongo ser parte del experimento más contaminante del medio ambiente: que tiremos todos la balanza al tacho de basura. Si sos más conservador, por lo menos que la guardes durante un mes entero, y si después del mes todavía querés volver con tu abusador, volvé. Te prometo que durante esos 30 días el mundo va a seguir rotando, que tu corazón va a seguir bombeando sangre, y que todo va a estar bien. Nada va a salirse de su natural equilibrio. Cuando compruebes esto, puede que esos 30 días se transformen en 3 meses, luego en 6 meses, y eventualmente ya no tengas la necesidad de pesarte.
¿Te cuento lo que yo encontré con este experimento?
Libertad.
Libertad más allá de lo que podía concebir. Cuando la balanza deja de ser tu medidor de valor propio, tu vida se expande (y no es tu cuerpo engordando). Le das la posibilidad al cuerpo de retener el líquido que necesita, de digerir en el tiempo óptimo, de tener unos kilos arriba por el período femenino, todo ello sin juzgarlo constantemente. Los días de mal humor y de andar por la vida como dragón escupiendo fuego se acaban. Y lentamente, cuando la presión de llegar a determinado número se disipa, comenzás a habitar tu cuerpo. Comenzás a sentir lo que es estar dentro de tu cuerpo como protagonista, no como juez. Vas a caminar de la cama al baño con placer, siendo consciente del ahora. Vas a saborear la comida sin pensar que después de la misma el numerito subiría.
Lentamente mi necesidad de continuar esta aventura amorosa con la balanza se desvaneció, como quien se despierta un día recordando a su ex pareja y sintiendo que ya no duele la separación. ¿Sabés de esa sensación? Ya no duele la ausencia, ya podés hacer tu día con espacio mental para otras cosas. Lo mismo cuando te vestís y la ropa te queda bien, y no necesitás comprobarlo pesándote. Un número siempre es restrictivo y limitante.

Un número en la balanza no nos permite conocer a una persona, explorar su personalidad o reconocer los rasgos únicos de ese individuo. No entiendo cómo una supuesta medida de salud puede dejar esas variables fuera. Tu peso no sos vos. Vos sos tus experiencias y tus sueños, tus cualidades distintivas, tus talentos excepcionales y tu carácter insustituible. Nunca juzgarías a tu mejor amigo por un número, así que intenta extender esa misma compasión y amabilidad con vos mismo.
Al mismo tiempo, el peso fluctúa todo el tiempo. El SET POINT fisiológico, que determina lo que tu cuerpo realmente pesa, es un rango, no es un número. Con un mero cambio de presión atmosférica el valor reflejado en la balanza va a cambiar. ¿Cómo podemos juzgarnos por algo que siempre está cambiando? Es la fórmula ideal para la miseria. Es fácil dejarse llevar por el hábito de usar el peso como un indicador de su salud y bienestar, después de todo es lo que nos han enseñado y la misma comunidad científica lo sigue utilizando. Pero usar ese número todas las mañanas para determinar cómo te sentís con vos mismo no es una forma satisfactoria de vivir. Cuando abandonás la asociación entre ese número y tu sentido de autoestima, la tranquilidad seguramente te encontrará.
Dejemos en claro el desafío:
Paso 1. No te peses por un mes.
Paso 2. Calculá tu salud y bienestar por cómo te sentís.
Eso es todo. Y si después de un mes querés adoptar esta práctica como algo permanente en tu vida, vas a unirte a una gran comunidad que ya lo hizo también.
Noe

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